jueves, 1 de febrero de 2018

Las monedas de Pompeyo.


Las monedas de Pompeyo. Artículo publicado en: Eco Filatélico y Numismático 63(1159) (Enero 2008): pp. 59-61.

Miguel Ibáñez Artica.


            Pompeyo Magno, o el Grande, fue uno de los personajes más importantes de los últimos tiempos de la República romana. Pertenecía a una importante familia de Roma y era hijo de Cneo Pompeyo Estrabón, quien a pesar de su origen rural había adquirido el rango de senador, alcanzando el título de cónsul el año 89 a.C. (Figuras 1 & 2).


Figura 1.- Reconstrucción de la imagen de Pompeyo el Grande, a partir de su busto representado en esculturas y monedas.
            Tras presentarse en el 77 a.C. en la Península Ibérica para combatir al general Sertorio, a finales del año 74 a.C. construyó un campamento en el territorio de los vascones para invernar, y de él surgiría la ciudad de Pompaelo o Pamplona(1). Las guerras sertorianas terminaron el año 72 a.C. con la victoria de Pompeyo y hay que señalar que los dos bandos (sertoriano y pompeyano) recurrieron a la ayuda de los pueblos indígenas de la Península. Para pagar a los legionarios y a las tropas de ayudantes, era necesario fabricar grandes cantidades de denarios de plata, unas veces con tipología romana y otras con caracteres ibéricos. Sertorio nunca emitió moneda a su nombre, probablemente por respeto a las instituciones romanas, y Pompeyo en esta época tampoco lo hizo, sin embargo sí acuñó su cuestor, Cn. Cornelio Lentulo (Figura 3a del artículo anterior: Monedas celtas de la Galia: imitaciones de las monedas griegas, romanas e ibéricas


Figura 2.- Representaciones Pompeyo “el Grande” y sus hijos en algunas monedas.

            Tras su victoria en Hispania, participó en sofocar la revuelta de los gladiadores que al mando de Espartaco habían conseguido formar un ejército que amenazaba la metrópolis. Roma le encomendó entonces una nueva misión, poniéndole al frente de una flota de 200 naves con las que en poco tiempo barrió de piratas las costas mediterráneas, para luego dirigir la campaña contra el rey Mitríades de Siria, fundando una nueva ciudad Pompeiopolis en la actual Turquía el año 64 a.C. (Figura 3), regresando triunfante a Roma donde fue aclamado por sus victorias.


Figura 3.- Monedas de Pompeiopolis con el busto de Pompeyo el Grande y leyenda ΠΟΜΠΗΙΟΠΟΛΙΤΩΝ (Pompiopolitos). Al fondo, ruinas de la ciudad en la actualidad.

Fue nombrado gobernador de Hispania en el 55 a.C., dejando el gobierno en manos de sus legados  L. Afranio y M. Petreyo, pero mientras permanecía en Roma, reorganizaba en la Península Ibérica una tupida red de partidarios, ya creada durante su anterior estancia con motivo de las guerras sertorianas (80-72 a.C.). Durante este tiempo mantuvo en Hispania siete legiones, de las cuales una, la llamada “vernácula” estaba integrada por indígenas, reclutados en los pueblos peninsulares. En esa época una legión estaba formada por seis mil hombres sin contar la caballería, infantería ligera y tropas auxiliares integradas por elementos indígenas, así que podemos dar una cifra aproximada de unos cincuenta mil hombres que periódicamente recibían su salario en forma de denarios romanos o ibéricos. En este período encontramos acuñaciones de denarios (Figuras 4a y b) que muestran un busto barbado en el anverso, en un caso de Numa Pompilio y en el otro de Júpiter, mientras el reverso lleva en una de las emisiones una proa de nave (como veremos, los elementos navales son un tema muy recurrente en las amonedaciones pompeyanas), y en la otra un cetro flanqueado por un delfín y un águila.


Figura 4.- Monedas acuñadas por Pompeyo el Grande el 49 a.C. El primer denario (a) muestra en el anverso el busto diademado de Numa Pompilio y la leyenda CN.PISO.PRO.Q, en el reverso, una proa de nave, encima MAGN y debajo PRO.COS. La segunda moneda (b) muestra el busto de Júpiter con la leyenda VARRO PRO.Q y en el reverso un cetro y a los lados un delfín y un águila, con la leyenda MAGN PRO COS. No está claro si estas monedas se emitieron en Grecia o en España.

            El regreso de César a Roma, desafiando al Senado y al propio Pompeyo marcó el inicio del final del general romano, César derrotó al ejército pompeyano en Farsalia (Grecia, año 48 a.C.) y Pompeyo tuvo que huir a Egipto, donde fue asesinado ese mismo año.

            El relevo de su causa lo tomaron sus dos hijos Sexto Pompeyo y Cneo Pompeyo el Joven, emitiendo una nutrida serie de denarios en la Península Ibérica donde aparece la imagen triunfal de Pompeyo el Joven desembarcando, e Hispania, representada por una mujer que lleva lanzas y escudo, sale a recibirle entregándole una palma, símbolo de victoria (Figura 5), se trata de la primera representación alegórica de Hispania que aparece en una acuñación romana. Las monedas, no sólo tenían en esta época una función económica, también eran un importante elemento de propaganda política, y aquí tenemos un buen ejemplo. En otros denarios de la misma época (Figura 6a), puede verse al general pompeyano rodeado de dos damas que le saludan y que representan a las provincias hispanas Citerior y Ulterior (Bética y Tarraconense).


Figura 5.- Emisión hispana de Cneo Pompeyo el Joven, del año 46-45 a.C. En el reverso puede verse la figura de Pompeyo con atuendo militar, desembarcando, siendo recibido por Hispania que le entrega un ramo. En el anverso cabeza de Roma y leyenda M.POBLICI. LEG.PRO PR, en el reverso leyenda CN.MAGNVS.IMP.

Cabe señalar que todas las emisiones donde figura el busto de Pompeyo el Grande, fueron acuñadas después de su muerte, solamente su hijo Sexto Pompeyo acuñó su propio retrato en las monedas.


Figura 6.- Emisiones hispanas del 46-44 a.C. En ambas aparece en el anverso el busto de Pompeyo Magno, y la primera (a), emitida en Córdoba, presenta en el reverso la imagen de un soldado pompeyano y a los lados sendas figuras femeninas, representando a las provincias hispanas que saludan a Pompeyo.

            Los dos hijos de Pompeyo fueron derrotados en Hispania por César en la batalla de Munda (45 a.C.), y mientras Cneo Pompeyo fue hecho prisionero y ejecutado, Sexto Pompeyo consiguió escapar a Sicilia. Tal vez la emisión más espectacular de este período corresponde con un áureo emitido en dicha isla poco después, el año 42 a.C. por Sexto Pompeyo(2), donde aparece su retrato en el anverso, y los bustos de su padre y hermano, ambos muertos en trágicas circunstancias recientemente, en el reverso (Figura 7). A su regreso triunfal a Roma, César fue asesinado (el 15 de marzo del año 44 a.C.), provocando una nueva confrontación entre los partidarios de César y sus opositores, mientras tanto Sexto Pompeyo reorganizó su ejército y armada en Sicilia.


Figura 7.- Áureo acuñado por Sexto Pompeyo en Sicilia el año 42 a.C., En el anverso aparece el busto de Sexto Pompeyo y la leyenda MAG. PIVS. IMP. ITER., y en el reverso los bustos enfrentados de Pompeyo el Grande y Cneo Pompeyo el Joven, y la leyenda PRÆF CLAS. ET. ORÆ MARIT. EX. S.C. En esta rara moneda podemos ver reunida a toda la familia.

            Es durante estos años cuando se emiten en Sicilia las más hermosas monedas, donde la figura de Pompeyo el Grande se convierte en un Dios, unas veces en Neptuno y otras en Jano (Figura 8). Sexto Pompeyo emite magníficos denarios donde predominan los elementos marinos (Neptuno, el delfín, el tridente) y navales (faro de Mesina, trofeos) conmemorando sus repetidas victorias en este ámbito (Figura 9), donde la familia de los Pompeyo parecía ser invencible. Sin embargo, Octaviano y Marco Antonio juntaron sus flotas, y tras varios intentos consiguieron vencer a Sexto Pompeyo en la batalla naval de Nauloco, tras la cual tuvo que huir siendo capturado en Mileto y ejecutado el año 35 a.C.


Figura 8.- La figura de Pompeyo el Grande deificada en las monedas, en la primera como Neptuno o hijo de Neptuno, debido a sus triunfos navales, en el segundo caso como Jano, con dos caras.


Figura 9.- Emisiones sicilianas de Sexto Pompeyo con temática naval.
a: Busto de Pompeyo el Grande, delante tridente y debajo delfín, galera y encima estrella.
b: Busto de Pompeyo, detrás jarra, en reverso Neptuno con un pie sobre la proa de un barco, a los lados los hermanos Anapias y Amphinomus llevando a sus  padres sobre sus hombros.
c: Cabeza de Neptuno y trofeo naval sobre un ancla.
d: Faro de Mesina rematado con la estatua de Neptuno en anverso, y monstruo Escila en reverso.

            No sólo se emitieron denarios de plata a nombre de Pompeyo, también se acuñaron pesados ases de bronce siguiendo el antiguo sistema uncial, generalmente con la figura del dios Jano en el anverso, pero en algunas emisiones sicilianas (algunos investigadores proponen que estas monedas se acuñaron en Hispania), lo que aparece es el característico retrato de Pompeyo el Grande convertido en el dios Jano (Figura 10). Incluso en una de estas monedas podríamos ver los retratos de Sexto Pompeyo y su padre (Figura 8b).


Figura 10.- Ases emitidos a nombre de Pompeyo.

            No terminan aquí los retratos pompeyanos en las monedas, ya que durante la época imperial, en la ciudad de Pompeiopolis (en la actual Turquia), siguieron emitiéndose monedas de bronce de estilo helenístico, ahora con leyendas en griego, en cuyos anversos podemos ver, con arte muy degenerado, el retrato del famoso general romano fundador de la ciudad (Figura 3).

Notas:
(1) El nombre de Pompaelo dado a la ciudad fundada por Pompeyo, pasó en el siglo IX a designar un reino, el de Pamplona, con el que fue denominado hasta mutar a “Navarra” a partir del reinado de García IV “el Restaurador” en 1134.
(2) El Museo Lázaro Galiano de Madrid cuenta con un ejemplar de esta excepcional emisión, nº invent. 4833.




lunes, 1 de enero de 2018

Monedas de pelo humano.

Monedas de pelo humano. Artículo publicado en: Eco Filatélico y Numismático 73(1258) (Enero 2017): pp. 48-49.

Miguel Ibáñez Artica.
            
            En un artículo anterior comentábamos unos curiosos tokens acuñados en Rusia a comienzos del siglo dieciocho, que servían como recibo y comprobante de haber pagado la correspondiente tasa anual por el privilegio de poder llevar barba, y en este caso trataremos de unas singulares “monedas” elaboradas con pelo humano trenzado.

            A diferencia de los países vecinos de la Melanesia (Papúa, Islas Salomón, Vanuatu…), donde ha existido, y ocasionalmente se mantiene vigente una nutrida variedad de pre-monedas o paleomonedas, integradas por un amplio abanico de “monedas-concha”, esteras de tejidos vegetales, hachas de piedra, colmillos curvados de cerdo e incluso monedas elaboradas con plumas, el vasto territorio australiano no es tan rico en estos elementos, con función monetaria en tiempos precoloniales.


Figura 1.- “Moneda pelo”.

            En los escasos documentos que recopilan las costumbres de los aborígenes australianos a finales del s. XIX (Roth, 1897), se indica como los pueblos Toko, Kalkadoon y Yaroinga entre otros, utilizaban como moneda una serie de objetos como los famosos bumerangs, escudos de madera, cuchillos de piedra, así como largos cordones elaborados con pelo humano (Figura 1). En las tradiciones culturales de los aborígenes australianos, el pelo humano es un elemento frecuentemente utilizado para la elaboración de largas y resistentes cuerdas utilizadas como adorno, en ritos curativos y también como moneda. Estos aborígenes portan pobladas barbas y cabello, formado por pelos resistentes (Figura 2), que sustituyen a las fibras vegetales -elemento que escasea en las áridas regiones del continente australiano-, con las que otros pueblos fabrican muchos utensilios de la vida cotidiana.


Figura 2.- Aborígenes australianos.

Precisamente a partir de uno de estos mechones de pelo, recogido en la expedición de Haddon en 1923, y conservado en la universidad de Cambridge, se pudo establecer mediante el análisis de su ADN el origen de la población autóctona australiana, la primera en llegar a Asia hace unos setenta mil años, 24.000 años antes que los antepasados de los actuales europeos y asiáticos (1).

Cuando en 1788 comenzó la colonización británica, a partir de mil quinientos presos deportados que fundaron la primera colonia penitenciaria, en el continente australiano vivían alrededor de medio millón de nativos repartidos en unas 250 naciones. Durante casi dos siglos, estos aborígenes carecieron prácticamente de derechos y tan sólo en 1967, adquirieron el derecho al voto y comenzaron a ser considerados jurídicamente como el resto de los australianos. En la actualidad la población de aborígenes apenas supone un 2% del total de los habitantes de Australia, no obstante este porcentaje duplica al de la población actual de indios en Norteamérica.

Los cordones de pelo humano con diferentes longitudes y que llegan a medir hasta tres metros de longitud fueron utilizados como moneda de cambio (Figura 3). En algunos casos estaban elaborados con pelos de mujeres recibiendo la denominación de “juringa” (Kerwin, 2010 p. 44) y se transmitieron de mano en mano a lo largo de vastas regiones y a través de cientos de kilómetros, cumpliendo una función similar a la de nuestra moneda económica (2).


Figura 3.- “Moneda pelo” aborigen, procedente de la subasta “Tribal Art” de Lawson (1 febrero de 1993, lote 429). Este ejemplar, de 290 cm. de longitud, está formado por dos cordones de pelo, uno normal y el otro canoso (blanco), trenzados entre sí confiriéndole un singular aspecto.

Una hermosa tradición aborigen aporta una curiosa interpretación de la Vía Láctea: cuenta que Chanark, la Mujer Gran Espíritu, recoge las almas de los niños fallecidos colocándolas sobre sus largos cabellos, y así podemos ver las largas franjas de su pelo en el cielo, que los aborígenes denominan “Yondle”, donde las estrellas que brillan son los espíritus de los niños.

Notas:

(1) Rasmussen et al., 2011. An Aboriginal Australian Genome Reveals Separate Human Dispersals into Asia.  Science 334 (6052): 94-98.

(2) Roth, W.E., 1897. Ethnological studies among the North-West-Central Queensland Aborigines. London. https://archive.org/details/ethnologicalstu00rothgoog

Kerwin, D., 2010. Aboriginal Dreaming Paths and Trading Routes. The Colonisation of the Australian Economic Landscape. Sussex Academic Press: 206 pp.



viernes, 1 de diciembre de 2017

La peseta antes de la peseta.

La peseta antes de la peseta. Artículo publicado en: Eco Filatélico y Numismático 58(1093) (Febrero 2002): pp. 42-43.

Miguel Ibáñez Artica.


Las diferentes denominaciones que reciben las monedas responden fundamentalmente a dos criterios, puede tratarse de nombres “oficiales”, establecidos por las autoridades monetarias correspondientes (tal como ocurre con la nueva moneda: el Euro), o bien pueden responder a una denominación popular, surgida  de forma espontánea e imprevista, que es recogida y expandida rápidamente, con gran aceptación por parte de la población que utiliza cotidianamente esta moneda.

Con anterioridad a la implantación de la peseta como moneda oficial de España en el año 1869, circulaban escudos de oro, reales de plata y maravedís de cobre, con valores que oscilaban bastante en función de las vicisitudes económicas que en esos momentos padeciera la hacienda pública. Uno de los términos monetarios más antiguos es el de “maravedí”, palabra derivada del antiguo “morabetino”, o moneda de oro de buena ley y peso, que comenzó a acuñarse en Castilla a finales del siglo XII imitando la dobla de oro musulmana. Poco a poco el “maravedí” castellano se fue devaluando hasta convertirse ya en tiempos de los Reyes Católicos en una humilde monedita de cobre, que sobrevivió hasta el siglo XIX, si bien durante mucho tiempo fue utilizada como unidad de cuenta.

En el siglo XVIII circulaban, además de la moneda de oro y cobre, monedas de plata de  ocho, cuatro, dos, uno y medio real. La más extendida por todo el mundo era el “duro” de plata o “real de a ocho”, y en segundo lugar la pieza de dos reales. Mientras la primera de estas monedas fue bautizada como “peso fuerte” o “peso duro” (de aquí su posterior denominación popular de “duro”), a la segunda se la denominó popularmente “peseta”, como diminutivo de la anterior. Parece ser que fue en Cataluña donde  se utilizó por vez primera esta denominación, y el término de “peseta”, referido a una pequeña moneda de plata, se utilizaba desde el siglo XV. Es a partir de las abundantes emisiones realizadas por el archiduque Carlos de Austria, pretendiente a la corona, durante la guerra de sucesión a comienzos del siglo XVIII, cuando el término “peseta”, referido a la moneda de dos reales de plata, se populariza y extiende por toda España.

Encontramos por ejemplo un documento de 1752 (Figura 1), donde se señala a un contrabandista al que se ha interceptado en la frontera de Behobia con una cantidad de pesos fuertes y una “peseta”. Era práctica habitual en esta época el contrabando de dinero, de forma que se sacaba la moneda de oro y plata, más valorada en Francia, y se introducía moneda de cobre, de mayor valor en España y en este contexto encontramos la denominación de “peseta” referida a la moneda de dos reales de plata.


Figura 1.- Varias “pesetas”, o monedas de dos reales, sobre un documento de 1752 donde se utiliza el término “peseta”.

El término popular “peseta” queda reflejado en las monedas durante un breve período de tiempo, entre 1809 y 1814, se acuñaron en Barcelona, bajo la ocupación napoleónica monedas de una, dos y media y cinco pesetas de plata, así como monedas de oro de veinte pesetas. También y durante en esta época se fabricaron en Gerona y Lérida “duros” y monedas de cinco pesetas a nombre de Fernando VII en los años 1808 y 1809. Tras este corto período de tiempo, se retornó al viejo sistema de escudos de oro, reales de plata y maravedís de cobre, si bien excepcionalmente volvieron a acuñarse pesetas en Barcelona durante los años 1836 y 1837, como resultado de la escasez de numerario provocado por la guerra carlista.


Figura 2.- a: primeras pesetas acuñadas dentro del nuevo sistema monetario; b: “Perra chica”; c: “Perra gorda”.


La ley de Isabel II de 26 de junio de 1864, fue un último intento para armonizar y establecer un sistema decimal entre el oro, plata y cobre en España, donde convivían una gran cantidad de sistemas monetarios diferentes. Poco después, el año siguiente, nació la Unión monetaria latina integrada por Francia, Suiza, Italia y Bélgica, países que establecieron un sistema monetario común. Durante el Gobierno Provisional que sucede a Isabel II, se crea en España un nuevo sistema monetario, acorde con el desarrollado en la Unión latina, estableciéndose el 19 de octubre de 1868 la peseta como nueva moneda oficial (Figura 2a). Las circunstancias políticas del momento favorecieron el cambio de nombre, tal como se señala en el Decreto de creación de la peseta: “conviene olvidar lo pasado rompiendo los lazos que a él nos unían y haciendo desaparecer... aquellos objetos que pueden con frecuencia traerlo a la memoria”, rescatando una denominación surgida de la voluntad popular y que de hecho, ya se utilizaba desde hacía tiempo de una forma coloquial, incluso en documentos oficiales como decretos y cédulas reales. También se emitieron monedas de diez y cinco céntimos de cobre, que presentaban en un lado la imagen de un león sobre el escudo. De nuevo la imaginación popular se puso en acción, rebautizando a estas monedas como “perra gorda” (la de diez céntimos, Figura 2c) y “perra chica” (la de cinco céntimos, Figura 2b), en una peculiar y desmitificadora interpretación de la majestuosa figura del rey de la selva. Curiosamente, tras la aparición de la peseta, dividida en cien céntimos, se siguió utilizando la terminología antigua para algunos de sus divisores, así el término de “dos reales” se ha aplicado a la moneda perforada de cincuenta céntimos hasta tiempos muy recientes. Desde su creación la peseta ha sufrido un típico proceso de devaluaciones sucesivas, desde la primitiva pieza de plata hasta las diminutas pesetas de aluminio acuñadas en tiempos recientes. 


Figura 3.- Primera peseta acuñada en latón (1937), y última acuñada en plata (1933).

Los nuevos tiempos no favorecen demasiado la secular costumbre de poner  apodos tanto a personas como a objetos, pero es posible (y hasta culturalmente deseable) que la sabiduría popular genere en poco tiempo un  vocabulario castizo en torno a las nuevas monedas.








miércoles, 1 de noviembre de 2017

Representaciones de la muerte en objetos monetiformes.

Representaciones de la muerte en objetos monetiformes. Artículo publicado en: Eco Filatélico y Numismático 61(1135) (Noviembre 2005): pp. 52-53.

Miguel Ibáñez Artica.

            A lo largo de la historia se han acuñado numerosas medallas y jetones alusivas o conmemorativas de óbitos de personajes ilustres, pero en el presente artículo nos ceñiremos exclusivamente a aquellos donde la figura de la muerte aparece gráficamente representada bajo la forma de un esqueleto o calavera.

            La muerte en la Edad Media resultaba un elemento familiar, en un mundo permanentemente sometido a la asolación de los cuatro jinetes del Apocalipsis, y donde la guerra, la violencia y la peste formaban parte del devenir cotidiano de la población. Por esta causa, la sensación de miedo colectivo terminó por transformarse en una resignación ante lo inevitable.

            El hombre medieval planteaba las preocupaciones sobre su futuro a tres niveles distintos: primero, antes de la muerte, luego en el momento crítico del tránsito al otro mundo, y por último en el más allá. La enorme influencia de la Iglesia en esta época, con una creencia ciega en la inmortalidad del alma, condujo inevitablemente a una serie de actitudes (sufragios, donaciones, testamentos…) encaminadas a alcanzar el Cielo por anticipado. Las personas ricas “compraban” la eternidad realizando donaciones, fundando conventos, luchando contra el infiel en las Cruzadas o pagando misas por sus almas. Por otra parte la muerte era considerada como una fuerza socialmente niveladora (consuelo de los humildes), hecho que queda magníficamente plasmado en las numerosas “danzas de la muerte” donde los protagonistas preferidos son los personajes ilustres y adinerados como papas y emperadores, cardenales y obispos, duques y condes, burgueses y usureros, etc…. (Figura 1).


Figura 1.- “Danza macabra” o “Danza de la Muerte”.

            En estas “Danzas macabras”, la primera de las cuales data de 1424 y estuvo en el cementerio de los Santos Inocentes de París hasta el siglo XVII, se respira un aire de crítica social. La muerte aparece representada como un esqueleto, a veces con una pala en la mano que se dirige hacia el personaje sujetándole la túnica, mientras los textos narran cómo la parca viene presta a recoger a cualquier persona, ya sea caballero o villano, hombre o mujer, niño o viejo, rico o pobre, monje o seglar, para ella no hay distinciones. En un jetón de Nuremberg (Figura 2) podemos ver representada una escena de este tipo, donde la muerte, con forma de esqueleto que lleva un reloj de arena en una mano, sujeta con la otra a una reina. Este jetón está firmado por Hans Kravwinckel, maestro acuñador de jetones que trabajó entre 1562 y 1586.


Figura 2.- Jetón de Nuremberg  “la muerte y la reina”.

            La calavera o esqueleto como figura alusiva a la muerte es relativamente frecuente en medallas y jetones, por ejemplo prolifera en los emitidos por las diferentes logias masónicas desde el siglo XVII (Figura 3). En varios jetones de los Países Bajos acuñados a partir del siglo XV, vemos también esta siniestra figura, a veces sujetando un ataúd en el brazo (Figura 4) y frecuentemente en forma de una calavera con dos tibias entrecruzadas en los jetones que conmemoran el aniversario de algún fallecimiento (Figura 5).


Figura 3.- “Token” identificativo de una logia masónica de Rouen, s. XIX.


Figura 4.- Jetón de Felipe el Hermoso (1490) representando la muerte portando un ataúd.


Figura 5.- a: jetón alemán de la ciudad de Zellerfeld acuñado por Henning Schulter (1626-1672); b, c y d: jetones de los siglos XVI y XVII acuñados en Lieja

            En muchas ocasiones los jetones sirvieron también como instrumentos de propaganda política. El caso más significativo se produjo durante el prolongado conflicto de la rebelión de los Países Bajos, y así por ejemplo un curioso ejemplar de 1587, (Figura 6) nos muestra en el anverso a un español de pie entre el hambre y la muerte (representada por un esqueleto) con la leyenda “MVLA.SUNT.MALA.IMPIORVU”, es decir, “muchas son las catástrofes entre los impíos”. Por el contrario en el otro lado figura un rico cuerno de la abundancia cargado de frutas, imagen de la prosperidad de la región, con la leyenda “QVI.DNO.FIDIT. BONITATE.EIVS.CIRCVM”, es decir, “el que tiene confianza en el Señor, será rodeado de su bondad”.


Figura 6.- Jetón holandés (Dordrecht ?) de 1587 (30 mm; 5,99 g.)

            Durante esta época, la guerra, el hambre y la peste amenazaban continuamente a la población en el sur de los Países Bajos dependientes de la corona española. En Brabante y Flandes el número de lobos había aumentado de tal forma, que incluso atacaban a las personas que se aventuraban fuera de la protección de los muros de la ciudad. Por el contrario en las provincias protestantes del norte, reinaba la prosperidad. En abril de ese mismo año, 600 navíos de Vlie se habían hecho a la mar con otros 200 de Meuse y Zelandia, en ruta hacia el este. El comercio marítimo aportaba una gran riqueza a estas regiones.

            Si bien en la actualidad la civilización occidental vive generalmente de espaldas a la muerte, durante muchos siglos la muerte era algo cotidiano y familiar ampliamente representado en las imágenes que han quedado grabadas en jetones y medallas.




sábado, 30 de septiembre de 2017

El tamaño sí importa.

El tamaño sí importa. Artículo publicado en: Eco Filatélico y Numismático 62(1139) (Marzo 2006): pp. 52-53.

            El tamaño y peso de las monedas puede variar mucho, pero generalmente para facilitar su uso, suele estar comprendido entre unos márgenes relativamente pequeños. Por ejemplo en la actualidad la moneda metálica en curso varía entre los 25 mm de la pieza de dos euros y los16 mm de la moneda de un céntimo, con un peso que oscila entre los 8,52 gramos y los 2,32 gramos respectivamente. No hace mucho tiempo disponíamos todavía de una moneda aún más pequeña, la popular “lenteja” o peseta con un diámetro de 14 milímetros y un peso de poco más de medio gramo.

            Si bien la mayoría de los sistemas monetarios suelen presentar unos intervalos de tamaño y peso relativamente reducidos, ocasionalmente podemos encontrar monedas mucho más grandes o pequeñas, esto ocurría sobre todo cuando el valor intrínseco de la moneda era igual a su valor nominal (es decir que una moneda de metal precioso que pesa un gramo, valía igual -o sólo un poco menos-, que un gramo en lingote sin acuñar de ese metal). Esta equivalencia entre los valores intrínsecos y nominales se dio en las monedas acuñadas en las Edades Antigua y Media. A partir del siglo XVI y hasta el pasado siglo XX se desarrolló el numerario fiduciario, es decir monedas a las que la autoridad emisora asignaba un determinado valor que nada tenía que ver con la calidad y cantidad de metal que llevaban las propias monedas, sin embargo, los billetes emitidos conservaban todavía la capacidad de poder ser canjeados (a veces en teoría, más que en la práctica) por su valor en metal precioso (recordemos la frase de “el banco de España pagará al portador”, que llevaban los antiguos billetes).

            Uno de los primeros patrones monetarios surgió en la Grecia clásica, se trataba de un sistema basado en la moneda de plata denominada dracma, con numerosos múltiplos y divisores, desde los pesados decadracmas de más de 40 gramos de peso, hasta los diminutos “hemitetartemorions” como los que se acuñaron en Miletos de apenas una décima de gramo (Figura 1).

Sistema monetario de la Grecia clásica         Equivalencia en Moneda Fenicia (púnica)

Decadracma                            43 g.
Tetradracma                            17,2 g.
Didracma (estátera)                  8,6 g.                              Shekel
Dracma (6 óbolos)                    4,3 g.
Tetraóbolo                                 2,85 g.
Trióbolo (hemidracma)             2,15 g.                          1/4 Shekel
Dióbolo                                     1,43 g.
Trihemióbolo  (1,5 óbolos)       1,07 g.
Óbolo                                        0,72 g.
Tritartemorion (3/4 de óbolo)   0,54 g.                          1/16 Shekel
Hemióbolo                                0,36 g.
Trihemitartemorion (3/8)          0,27 g.
Tetartemorion (1/4 de óbolo)    0,18 g.
Hemitetartemorion (1/8)           0.09 g.


Figura 1.- Comparación de tamaños entre un gran decadracma de Siracusa y un pequeño hemitetartemorion.

            Las monedas más pequeñas generaban serios problemas de circulación, por una parte eran muy necesarias para realizar con ellas pequeñas compras cotidianas en las poblaciones urbanas, pero por otra parte, su pequeño tamaño dificultaba su utilización (se extraviaban con facilidad, literalmente se perdían entre los dedos), por este motivo algunas ciudades las sustituyeron por otras monedas de metales menos valiosos (aleaciones de cobre) pero de mayor tamaño, así surgió la “litra” y sus divisores en Sicilia.

            En el antiguo reino de Siam (actual Tailandia) se venían utilizando monedas de muy diferentes tipos, en el reino de Laan Chang se usaban lingotes de plata o vellón llamados “lengua de tigre” mientras en el norte del reino de Lanna, entre 1239 y 1564 se utilizaron como moneda unas piezas con aspecto de burbuja de latón y plata denominadas “boca de cerdo” posiblemente como recuerdo e imitación de las conchas utilizadas anteriormente como moneda, así como “brazaletes-moneda”. El monarca Ramkhamhaeng (1279-1298) introdujo las “monedas bala” o “bullet coins”, fabricadas a partir de una corta barrita de plata plegada, que les confiere una forma esférica. Durante seiscientos años se fabricaron numerosas monedas de este tipo en diferentes valores, desde las gigantescas piezas de 80 baths con un peso superior al kilogramo (entre 1185 y 1232 gramos), hasta las diminutas de 1/128 bath con un peso de 0,12 gramos. En la Figura 1 puede verse una pieza de un “att”, equivalente a 1/64 bath, emitido en el siglo XIX, comparado con una pieza actual de un céntimo de euro. 


Figura 2.- A la derecha de un céntimo de euro, a: pequeña “moneda bala” con valor de 1/64 de bath, acuñada por Rama IV de Siam, el popular monarca que inspiró las películas de “El rey y yo” y “Ana y el rey de Siam” y b: fracción de fanam de Vijayanagara (India, s. XV) de 2 milímetros de diámetro y 0,02 g. de peso.
Al fondo (c), la moneda de oro más grande, acuñada en el año 2007, con un valor de un millón de dólares y un peso de 100 Kg.

            La dificultad de fabricación de estas piezas (un artesano apenas podía fabricar unas 240 monedas al día), unido a las necesidades de moneda para revitalizar el comercio, llevaron al monarca Rama IV (1851-1868), a sustituirlas por la moneda redonda y plana convencional(1). Este singular personaje que se empeñó en la modernización del país, y que contó con el asesoramiento de la institutriz Ana Leonowens, ha sido inmortalizado en la literatura y en el cine (es el monarca que figura en las películas “El rey y yo” protagonizado por el actor Yul Brynner, o la más reciente adaptación de “Ana y el rey”, protagonizada por la actriz Jodie Foster en el papel de Anna).

            Sin embargo, y a nivel mundial, el “record” de moneda más pequeña lo ostentan unas piezas de oro acuñadas en el siglo XV en Vijayanagar, capital del último gran imperio indú entre los siglos XIV y XVII. Este imperio situado al sur de la India fue creado por Harihara I (1336-1357) y tuvo su apogeo a comienzos del siglo XVI, cuando la ciudad llegó a tener una población de más de medio millón de habitantes. Las monedas en cuestión tienen tan sólo un milímetro y medio de diámetro y pesan dos centésimas de gramo, en la Figura 2 podemos ver su tamaño comparado con una moneda actual de un céntimo de euro. ¿Por qué motivo se acuñaron monedas tan diminutas e incómodas?, de momento no tenemos contestación a esta pregunta, pero lo normal en estos casos hubiera sido acuñar monedas en metales menos valiosos (plata o bronce) que con un tamaño más adecuado, hubieran sido más prácticas de utilizar.

 (1) La moneda occidental era bien conocida en esta zona, donde habitualmente circulaban los reales de a ocho españoles acuñados en Méjico, aceptados como moneda por los comerciantes y banqueros.