lunes, 15 de agosto de 2016

Falsificaciones e imitaciones de monedas.

Falsificaciones e imitaciones de monedas. Artículo publicado en: Eco Filatélico y Numismático 61(1129) (Abril, 2005): pp. 52-53.

Miguel Ibáñez Artica.


Las falsificaciones monetarias son tan antiguas como la propia moneda y son bien conocidos los fraudes en las acuñaciones desde tiempos muy remotos. El mismo Herodoto relata cómo Polícrates de Samos, en el siglo VI a.C., engañó a los espartanos que sitiaban la ciudad pagándoles con monedas forradas de oro, y no es raro ver monedas griegas, persas y fenicias, que presentan un marcado corte en su superficie, realizado en su momento por banqueros y comerciantes, para comprobar que no se trataba de monedas falsas de cobre plateado. Uno de los ejemplos más curiosos, sobre el que los investigadores de la numismática no se han puesto completamente de acuerdo, es el de los denarios romanos republicanos forrados, monedas que presentan un alma de cobre recubierta de una fina capa de plata y que se fabricaron con profusión, al parecer utilizando los cuños oficiales. También aparecen frecuentemente denarios ibéricos forrados en muchas de las cecas hispanas (Bolscan, Bascunes, Sesars, Iltirta, Turiasu, Arsaos…).


Figura 1.- Denarios ibéricos forrados de las cecas de Baskunes, Turiasu y Arsaos.

Probablemente la gran demanda de plata necesaria para pagar a las tropas mercenarias que actuaron en los diferentes conflictos peninsulares (como el enfrentamiento de los generales romanos Sertorio y Pompeyo entre los años 80 y 72 a.C), propició que las cecas oficiales, ante la escasez de metal precioso, optaran por fabricar monedas de cobre forradas de plata para pagar a dichas tropas. Curiosamente existe una variante de denarios republicanos que presenta los bordes recortados, son los conocidos como denarios “serrati”, y se ha interpretado que la fabricación de estas monedas respondería a la necesidad de demostrar que no estaban “rellenas” de cobre. Paradójicamente, una gran proporción de estos denarios “serrati”, son precisamente monedas forradas.


Figura 2.- “Serrati” y denarios romanos forrados.

Se plantea la duda a la hora de catalogar estas monedas como “falsas”, cuando realmente se acuñaron con toda probabilidad por orden de las autoridades competentes y en las cecas oficiales.

Aparte de estas falsificaciones que podrían considerarse “legales”, eran muy frecuentes los fraudes realizados por falsarios, ya los códices de Teodosio (año 438 d.C.) y Justiniano (534 d.C.), así como el famoso edicto de Pistes (862 d.C.), se hacen eco de este problema.

Pero antes de profundizar en esta controvertida materia, conviene diferenciar varios matices en el concepto de “falsificación”. Por una parte tenemos las falsificaciones “de época”, que indiscutiblemente presentan un gran valor histórico y numismático, y que constituyen el tema que seguidamente abordaremos. Por otra parte podemos citar las copias o falsificaciones modernas de monedas antiguas, o piezas originales retocadas y manipuladas con el fin de engañar al mercado del coleccionismo, fraude o delito que en principio carece de interés numismático.

Con respecto a las monedas falsas de época, también cabe distinguir dos categorías diferentes, en primer lugar las “falsificaciones ilegales” realizadas por individuos que realizaban acuñaciones sin la autorización preceptiva al margen de la ley (normalmente el derecho de acuñación correspondía al rey o al correspondiente señor feudal), pero también tenemos lo que podríamos calificar como “falsificaciones legales” o imitaciones de otras monedas, realizadas con el consentimiento y autorización de la autoridad competente (como es el caso de los denarios “forrados” anteriormente comentados). Estas imitaciones, siguiendo el criterio establecido por Ian Steward(1), pueden diferenciarse a su vez en dos categorías, la de “copias” y  las “adaptaciones” o “derivados”.


Figura 3.-
a: Penique de Elteredo II (Canterbury, 997-1003 d.C.); b: Imitación escandinava de la época.

Las “copias” en función de la fidelidad con los modelos originales pueden ser agrupadas en tres clases, en la primera se incluyen réplicas realizadas por monederos profesionales y son difíciles de diferenciar de las auténticas, una segunda clase incluye piezas de peor estilo, donde se reconoce la imitación y por último, un tercer grupo de monedas más burdas, generalmente de estilo muy degenerado, donde se evidencia con claridad que se trata de imitaciones. Entre las monedas del primer grupo pueden citarse las abundantes copias de los peniques ingleses de los reyes Eduardos realizadas en los Países Bajos, las imitaciones escandinavas de los de Elteredo y Canuto (Figura 3) o los gruesos torneses de Felipe III y IV de Francia, acuñados en el siglo XIII al norte de Alemania. Estos tipos de copias son de buena ley y tienen el mismo valor que las monedas originales, solían acuñarse para abastecer de moneda a una población acostumbrada ya a la utilización de estos tipos foráneos o incluso para competir con las cecas originales en el ámbito internacional de circulación de monedas de buena calidad, estas monedas son difíciles de diferenciar de las auténticas, incluso para los especialistas. Las piezas del segundo y tercer grupo son más fácilmente distinguibles, suelen tener un ámbito de circulación más restringido y acaban desapareciendo al poco tiempo. Dentro de esta categoría podemos incluir las copias bárbaras de los denarios republicanos acuñados en Panonia por las tribus celtas, o las frecuentes imitaciones de la moneda de cobre tardorromana.


Figura 4.- Imitaciones del senado romano (siglos XII-XIII) de la prestigiosa moneda de Provins con “peineta”. Abajo, prototipo imitado del s. XI

Las “adaptaciones” copian los tipos de las monedas originales y son muy frecuentes en las emisiones europeas de los siglos XIII y XIV. En este caso, aunque se conservan los mismos motivos y representaciones, se producen variaciones con respecto a las piezas originales, como por ejemplo en las leyendas, que suelen hacer alusión al monarca o autoridad que las emite. La inclusión de estas piezas dentro del apartado de las “monedas falsas” dependerá de si estas imitaciones conservan la calidad (ley, es decir contenido en metal precioso, y peso) de las monedas imitadas(2).


Figura 5.-
a: Imitación del grueso con corona de Aimón, conde de Savoya (1340-1343); b: prototipo imitado, el grueso con corona de Felipe VI de Francia (1328-1350).

(1) Steward, I., 1983. Imitation in later medieval coinage: the influence of Scottish types abroad. En: “Studies in Numismatic Method presented to Philip Grierson. Cambridge: 302-325.

(2) En el siguiente artículo sobre “Falsificaciones legales” se comentarán algunos ejemplos. 



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